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No soy un delincuente!


Hace unos días atrás en un artículo hablaba acerca del rechazo de las grandes compañías a la posibilidad de poder compartir y difundir cultura a través de los nuevos medios. Algo que no dije fue que la estrategia fundamental de las compañías es utilizar los (a mi parecer) mal llamados derechos de autor para limitar nuestras libertades, porque, ¿Son los derechos de los autores o los derechos de la industria que lucra con el trabajo de esos autores? ¿ah?
Acá en Chile se está discutiendo en el parlamento una nueva ley de propiedad intelectual, y los chicos de Trato justo para todos nos traen un vídeo que nos habla de nuestra anticuada e inútil ley de propiedad intelectual que a veces, de manera realmente absurda, nos deja al lado de la ilegalidad por ejemplo en el caso que yo fotocopiara un libro que es mío o que hiciera una copia de un disco de mi propiedad para andarla trayendo en mi reproductor mp3.
El vídeo más abajo (espero no caer en la ilegalidad por exhibirlo aquí).




VIA: trato justo para todos
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La cultura quiere ser libre


Antiguamente, no existían los refrigeradores. Había en las casas un artilugio llamado heladera que, esencialmente, era un mueble recubierto de aislamiento térmico, al que se le introducían barras de hielo que refrigeraban los alimentos guardados en su interior (y claro, la cerveza es un alimento). Producir hielo en esa época era una actividad industrial, fuera de las posibilidades domésticas. Así, todos los días venía un señor que traía una barra de hielo que se metía en la heladera, en una escena que se repetía en miles de hogares.



Todo el mundo compraba hielo, todos los días, y el negocio del hielo seguía su curso.
Pero en realidad, no era hielo lo que necesitaba la gente, sino que... frío.
El hielo era sólo una forma para entregar frío a los clientes que lo necesitaban. Hasta que aparecieron los refrigeradores domésticos y las familias se encontraron con que podían adquirir una máquina que les proveía del frío que necesitaban de forma eficiente, cómoda y barata. Estos aparatos no sólo no necesitaban hielo para funcionar, sino que incluso estaban en condiciones de producir su propio hielo.
A nadie le sorprendió que las ventas de hielo, antes un producto de primera necesidad, cayeran estrepitosamente. La industria del hielo colapsó, y sólo sobrevivieron unas pocas productoras que se dedicaron a satisfacer necesidades especiales que no podía cubrir la refrigeración doméstica.
Sin embargo, aún en medio del colapso, a nadie se le ocurrió la absurda idea de declarar ilegal el hecho de fabricar hielo en casa o de perseguir a aquellas industrias que comenzaban a fabricar los refrigeradores domésticos.
El mercado del hielo había desaparecido y la industria que giraba entorno a él había cumplido su ciclo. Por mucho tiempo proveyó un servicio útil a la sociedad, y en ese proceso había servido como fuente de trabajo a mucha gente. Pero el servicio había quedado obsoleto en el nuevo contexto tecnológico, y los proveedores de hielo reconvirtieron su negocio, o simplemente se dedicaron a otra cosa.
El paralelo con la industria discográfica (y con otras industrias de distribución de cultura) no es difícil de ver.


De la misma manera que la gente no quería realmente hielo, sino frío, no son discos los que el público quiere, sino... música.
Mientras el único soporte para la música fueron los discos (genéricamente hablando), no había forma de conseguir música de otra manera. Pero los computadores, los reproductores digitales y, por supuesto, la internet, cambiaron el paisaje tecnológico, desvinculando a la música de aquel, inevitable soporte.
Hoy, la música puede codificarse y transmitirse fácilmente sin necesidad de un soporte físico, y cada vez son menos los que quieren comprar discos y por muy buenas razones: son incómodos de adquirir y almacenar, ocupan espacio, se rayan, se pierden, se los roban, y un largo etcétera. El formato digital es mucho más eficaz, cómodo y barato. Tal como el refrigerador puso a quienes antes compraban hielo en condición de producirlo, la computadora pone en manos de las personas la posibilidad de producir su propia música, duplicarla y distribuirla.
De la misma forma en que ocurrió con el hielo, nadie debe sorprenderse de que le empiece a ir mal a una industria que produce algo que ya nadie quiere comprar.
Sin embargo, a diferencia de la industria del hielo, las discográficas se niegan a aceptar que su función social se acabó, y en vez de reconvertir su negocio, en vez de buscar de qué manera ofrecer su producto de modo que la gente quiera comprarlo, prefieren hacer lobby ante nuestros legisladores para obligar a los consumidores a entregarles su dinero, independientemente de si quieren hacerlo o no.
Es hora de repensar el modelo de distribución cultural. Mientras la producción industrial de libros y discos era la única alternativa viable, dicho sistema puede haber tenido su justificación, pero había (y aún hay) un problema muy importante,
el control corporativo acerca de cuáles expresiones culturales son difundidas, y
cuáles no.
Un mercado de la música con bajos costos de producción y sin corporaciones, (independiente) puede resolver este grave inconveniente, permitiendo el surgimiento de una cultura más diversa, en la que las expresiones locales tengan mejores posibilidades de ser conocidas y de ser difundidas.


Durante mucho tiempo hemos dejado la difusión de la cultura en manos de las corporaciones, tal vez porque no sabíamos cómo o no teníamos los medios para hacerlo. Hoy ése escenario ha cambiado, y ya es hora de que recuperemos la cultura para toda la sociedad.

VIA: fundación vía libre
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Sobredosis de Levonorgestrel



Para los que no lo saben el levonorgestrel es el nombre genérico para la tan famosa y controvertida “píldora del día después”.
Pero no me voy a referir en específico a la pildorita, ni a sus conocidos efectos sino que a lo que el uso de este fármaco ha evidenciado en una sociedad a la que le tengo un gran cariño pero que, en ocasiones como ésta, a veces llego a odiar.


Resulta que existe una sustancia química que es capaz de proveer de una anticoncepción de emergencia a quien la tome.
La anticoncepción de emergencia se refiere a métodos que las mujeres pueden usar como respaldo y en caso de emergencia, dentro de los primeros días posteriores a una relación sexual sin protección, con el objetivo de prevenir un embarazo no deseado.
Esta es la definición que da la Organización Mundial de la Salud (puedes revisar el texto completo aquí)para una prestación de la medicina contemporánea, que en nuestro país ha levantado una verdadera polvareda que ahora se tiñe de un color así como de bandera de partido político en época de elecciones.

La cosa es que en un momento de lucidez casi sin parangón la salud pública de nuestro país tomó la decisión de incluir en la lista de medicamentos disponibles en el servicio de salud al levonorgestrel.
La medida hizo que el sector conservador chileno (casi literalmente) “pusiera el grito en el cielo”.
Se acusaba a “la píldora del día después” de ser abortiva y de poner en grave riesgo la institución de la familia.

Y ahí comenzó todo. De ser un instrumento de salud pública pasó rápidamente a ser poco menos que una máquina diabólica que se tragaba a las guaguas y que, por supuesto, ponía en grave riesgo la institución de la familia.
Pero resulta que claramente la píldora de la discordia no es abortiva.
Cito a la Organización Mundial de la Salud nuevamente:

Se ha demostrado que las píldoras anticonceptivas de emergencia (PAE) que contienen levonorgestrel previenen la ovulación y que no tienen un efecto detectable sobre el endometrio (revestimiento interno del útero) o en los niveles de progesterona, cuando son administradas después de la ovulación. Las PAE no son eficaces una vez que el proceso de implantación se ha iniciado y no provocarán un aborto

O sea, según lo que aquí dice, no sólo no es abortiva, sino que si aún alguien la quisiera utilizar como una forma de abortar un embarazo, este fármaco no lo provocaría pues no son eficaces una vez que el proceso de implantación se ha iniciado.
La OMS es una institución que ha establecido parámetros de salud pública aceptados por éste y un sinnúmero de gobiernos alrededor del mundo y en este tipo de materias médico biológicas yo le creo.

Pero más allá de si es realmente abortiva o no, cosa que “a ciencia cierta” quizá nunca sepamos, la cuestión aquí se trata del “síndrome del cinturón de seguridad” como yo le llamo.
Me explico.
¿Será posible que en una sociedad que se dice “civilizada”, y “en camino hacia el desarrollo” un policía me multe por no llevar puesto el cinturón de seguridad?
En otras palabras, si a mí no me importa morir en un accidente automovilístico, ¿por qué el estado chileno mediante su aparataje legal me sanciona de la misma forma en la que si yo pusiera en riesgo a alguna persona o vulnerara alguno de sus derechos? O sea, ¿por qué para el estado chileno es lo mismo que me pase una luz roja a que no lleve puesto mi cinturón de seguridad?
Considero que NADIE debería inmiscuirse en cuestiones que son de mi completa incumbencia, aquellas cosas en las que se dice que yo decido libremente, en la intimidad de mi conciencia.
Es cosa mía si decido protegerme de un posible accidente. Sería como si me multaran por elegir no usar condón al tener sexo con alguien.

Lo que sí considero una excelente medida es la obligatoriedad de que todos los autos posean cinturones de seguridad para que, en el caso en que yo así lo decida, pueda ponerme el cinturón de seguridad.
Aplaudo también el hecho de que uno pueda comprar un condón casi en cualquier parte para que, en el caso en que yo así lo decida, pueda tener “sexo seguro”.

De la misma forma, me alegraría mucho que una adolescente mayor de 14 años pudiera tener la opción de prevenir un posible embarazo.
En el caso en que ella, libremente y en la intimidad de su conciencia, así lo decida.

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